9 de enero - semana de Epifanía

Mc. 6,45-52
Después que se saciaron los cinco mil hombres, Jesús enseguida apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le ade­lantaran hacia la orilla de Betsaida mientras él despedía a la gente. Y después de despedirse se retiró al monte a orar. Llega­da la noche, la barca estaba en mitad del lago y Jesús solo en tierra. Viendo el trabajo con que remaban, porque tenían vien­to contrario, a eso de la cuarta vela de la noche, va hacia ellos andando sobre el lago, e hizo ademán de pasar de largo. Ellos, viéndolo andar sobre el lago, pensaron que era un fantasma y dieron un grito, porque al verlo se habían sobresaltado. Pero él les dirige enseguida la palabra y les dice: "Ánimo, soy yo, no tengáis miedo". Entró en la barca con ellos y amainó el viento. Ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido cuando lo de los panes, porque eran torpes para entender.
1.   En cuanto la gente estuvo satisfecha, Jesús hizo tres cosas: 1) "Obligó" (es literalmente lo que dice el texto original: anágkasen) a los discípulos a irse de allí; 2) Despidió a la gente; 3) Se fue solo al monte a orar.
Si Jesús tuvo que "obligar" a los discípulos, es que se resistían a irse. ¿Por qué? Porque la gente, entusiasmada, quería que Jesús fuera su rey (Jn 6,15). Y los discípulos, si tuvieron que ser "obligados" a irse, es que tenían apetencias de po­der. Y es evidente que, desde los deseos de poder, no se entiende ni interesa lo que la pobre gente necesita.
2.  Ante la tentación del poder, que siempre nos engaña haciéndonos pensar que es el medio más eficaz para hacer el bien, Jesús se va solo, a orar al monte. La espiritualidad, la oración, es auténtica cuando nos despoja de las apetencias tentadoras y engañosas del poder, disfrazado de servicio al pueblo, a la Iglesia, a Dios. El que busca poder, lo que hace es someter a todo el que está a su alcance. Y así, lo que se consigue es tener gente sumisa y muerta de hambre. ¡Qué desvergüenza!

3.  Los discípulos, solos en la oscuridad de la noche, tienen el viento en contra. No van a ninguna parte. Es la situación de quienes, por más éxitos que tengan, alimentan ganas de ser importantes y mandar. En tal situación, no es posible reconocer a Jesús, y no se ven nada más que fantasmas. Un fantasma que da miedo. Exactamente lo que nos ocurre a nosotros ahora: todo lo que no sea capitalismo, es ruina, violencia, guerra... Porque no comprendemos lo que hace Je­sús, como aquellos discípulos no se enteraron de lo de los panes, siendo una cosa tan clara.

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