martes, 3 de abril de 2018

1ª semana de Pascua - martes

EVANGELIO EN AUDIO: Juan 20, 11-18

1.  Lo más importante que contienen los relatos de la resurrección es que muestran que la vida y la presencia de Jesús, en este mundo y en esta vida, no se acabó con la muerte en la cruz. De Jesús no nos queda solo la memoria de sus enseñanzas y el ejemplo de su vida. Además de eso, nos queda sobre todo su presencia. Por su Encarnación, Dios, en el hombre Jesús de Nazaret, se fundió y se confundió con lo humano. Por su Resurrección, Jesús prolonga su presencia en cada ser humano, hasta el fin de los tiempos. La cristología tradicional (descendente) tenía su centro en la Encarnación. La cristología moderna (ascendente) tie­ne su centro en la Resurrección. El centro está en el hombre Jesús, en el que Dios se encarna y se revela (Encarnación) y que fue constituido Hijo de Dios, siendo para siempre el Viviente (Resurrección).
2.         En la vida de Jesús, ocuparon un lugar de singular importancia las mujeres. Ellas le acompañaron (Le 8, 2-3). Se dejó besar, tocar y perfumar por ellas (Le 7, 36-50; Jn 12,3). Siempre las comprendió, las disculpó, les devolvió su dignidad (Jn 8,1 -11; Me 5,25-34). Y en los relatos de Pascua, las primeras apariciones del Resucitado son para las mujeres, de forma que ellas fueron las primeras que anunciaron que Jesús, el Señor, está vivo entre nosotros.

3.  Es un dolor que en la Iglesia, desde sus orígenes en las comunidades que fundó Pablo, el puritanismo helenista ha tenido (y sigue teniendo) más fuerza que la presencia del Resucitado. Y lo peor de todo es que este puritanismo ha impregnado la cultura de Occidente en forma, sobre todo, de marginación, exclusión y hasta desprecio de la mujer. Es evidente que la miseria del puritanismo no tiene nada que ver con la memoria del Resucitado. Para el Resucitado, lo primero fueron las mujeres, mientras que, para muchos ahora, son lo último.

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