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20 DE MARZO DOMINGO DE RAMOS

Lc 19, 28-40
En aquel tiempo, Jesús echó a andar delante, subiendo hacia Jerusalén. Al acercarse a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, mandó a dos discípulos diciéndoles: "Id a la aldea de enfrente: al entrar encontraréis un borrico atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta: ¿Por qué lo desatáis, contestadle: El Señor lo necesita" Ellos fueron y lo encontraron como lo había dicho. Mientras desataron el borrico, los dueños les preguntaron: "¿Por qué desatáis el borrico?" Ellos contestaron: "El Señor lo necesita". Se lo llevaron a Jesús, lo aparejaron con sus mantos, y le ayudaron a montar. Según iba avanzando, la gente alfombraba el camino con los mantos. Y cuando se acercaba ya la bajada del monte de los Olivos, la masa de los discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabara Dios a gritos por todos los milagros que habían visto, diciendo: "¡Bendito el que viene como rey en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto" Algunos fariseos de entre la gente le dijeron: "Maestro, reprende a tus discípulos". El replicó: 'Os digo, que si estos callan, gritarán las piedras".

  1. Se suele hablar de "la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén". Propiamente, no fue "entrada", sino simple "acercamiento" (F. Bovon). El verbo "entrar" solo se utiliza, en este evangelio, para hablar de la entrada de Jesús en el templo (Le 19,45). Según este relato, Jesús se aproximó simplemente a dos suburbios de la capital, Betfagé y Betania (Le 19,29-30). Por otra parte, se ha relacionado este episodio con las llegadas de los soberanos de entonces, griegos y romanos, a las ciudades importantes (R B. Duff; B. Kinman; N. Fernández Marcos). En todo caso, lo que relata el Evangelio no es una entrada de carácter político o militar. Un pobre, montado en un asno, entre la gente más humilde ["óchlos") no es precisamente una entrada triunfal.
  2. Jesús quiso entrar así en la ciudad santa, donde sabía que entraba, no para triunfar y mandar, sino para fracasar. Se puede decir que él buscó con este gesto una finalidad, a la vez, intuitiva y provocadora (J. D. G. Dunn). Jesús aceptó la función más baja que una sociedad puede adjudicar; la de "delincuente ejecutado" (G. Thyssen). Quedó así excluido. Hasta el extremo de que sus seguidores, durante siglos, por lo menos hasta el s. IV, no pudieron ver en el Crucificado una imagen de Dios.
  3. Pero hay más. Lo más llamativo de este episodio es que los cuatro evangelios coinciden en la aclamación que cantaba la gente:"jBendito el que viene en nombre del Señor!"(Mc 10,9; Mt 21,9; Le 19,38; Jn 12,13; cf. Sal 118.25-26). Es la aclamación del pueblo amenazado, dominado, asustado. La gente que se ve en peligro y sin esperanza (Sal 118.5-14). Jesús, solidario con los últimos, es esperanza precisamente para ellos. Ahora ocurre también que mucha gente se ve más allá de toda esperanza. ¿Podremos encontrar en esta Semana Santa una fuente de esperanza? Es razonable vivir estos días como descanso. Pero, ¿no valdría la pena pensar a fondo lo que todo esto representa, seamos o no seamos religiosos?

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