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Octava de Pascua - sábado

Mc 16,9-15
Jesús, resucitado al amanecer del primer día de semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros que estaban tristes y llorando. Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo habían visto, no la creyeron. Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo: "Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda la creación".
1.  Este texto no fue escrito por el autor del evangelio de Marcos. No aparece en los papiros y códices más antiguos e importantes. Fue añadido algún tiempo después. Y ha sido aceptado como auténtico por las comunidades cristianas y por la autoridad de la Iglesia. Su antigüedad, tan cercana al texto original de Marcos, lo autentifica.
2.  El mismo Jesús que había liberado a la Magdalena de los males que la oprimían es el Jesús que se le muestra a ella y a los demás discípulos. Se afirma, una vez más, la identidad del Jesús resucitado y del Jesús que había muerto. Como se ha dicho muy bien, solo puede haber resurrección donde previamente ha habido muerte. Pero, además, los textos evangélicos no hablan solo de muerte, sino más concretamente de muerte en cruz.

3.  La consecuencia que se sigue de lo dicho es clara: si la resurrección nos habla de la cruz y se comprende desde la cruz, de forma que sin cruz no hay resurrección, los crucificados de la historia son el lugar más apropiado para comprender la resurrección de Jesús (J. Sobrino). Dios no resucitó a un muerto cualquiera. Dios resucitó a un crucificado. La resurrección de Jesús es el argumento, que tenemos los cristianos, para fundamentar la esperanza de las víctimas de la historia para reivindicar la vida y la dignidad que les fueron arrebatadas por la violencia.

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